Hace ocho años asumí una responsabilidad política que, con el tiempo, he aprendido a mirar no como un escalón, sino como una prueba. Cuando fui elegida secretaria general de mi partido, junto a José Ignacio Paliza en la presidencia, entendí que no se trataba solo de ocupar una posición dentro de una estructura. Se trataba de ayudar a organizar una esperanza, de darle forma, disciplina y rumbo a una convicción que crecía en el corazón de muchos dominicanos: que era posible hacer política y gobernar de otra manera. Aquella elección interna de 2018 marcó una nueva etapa en la dirección del PRM y en la responsabilidad frente al país.
Ocho años después, vale la pena hacerse una pregunta exigente: ¿qué hemos hecho con la confianza que recibimos?
No me refiero solo a metas alcanzadas o posiciones conquistadas. Me refiero al sentido del trayecto: a preguntarnos si hemos honrado la causa que representamos, si hemos permanecido cerca de la gente que nos abrió las puertas y si hemos convertido el entusiasmo del cambio en una cultura política más seria y útil para la República Dominicana.
Los partidos, como las personas, corren un riesgo constante: olvidar por qué nacieron. Cuando eso ocurre, incluso las victorias pierden valor. Porque ganar no siempre es permanecer, y permanecer no siempre es servir. Hay organizaciones que conquistan el poder, pero se vacían por dentro; otras, aun en medio de dificultades, conservan un alma y una relación viva con su pueblo. La diferencia suele estar en su capacidad de escucharse y, sobre todo, de seguir escuchando a la gente.
En estos ocho años hemos vivido una transformación profunda. Pasamos de denunciar los vicios de una política agotada a asumir la responsabilidad de gobernar. Ese tránsito no es menor. Oponerse exige firmeza; gobernar exige madurez. Y la madurez implica entender que la ciudadanía no espera perfección, pero sí honestidad; no espera milagros, pero sí dirección; no espera discursos impecables, pero sí soluciones concretas.
Por eso creo en el valor político de la autocrítica.
La autocrítica no debilita: obliga a no acomodarse. Los proyectos que se sienten demasiado satisfechos terminan prisioneros de su propia propaganda. En cambio, los que reconocen errores y corrigen a tiempo conservan la capacidad de renovarse sin traicionarse. Corregir no es retroceder, es demostrar carácter.
El país no quiere pleitos estériles ni relatos de perfección. Quiere soluciones, instituciones que funcionen y dirigentes capaces de admitir lo pendiente sin perder el rumbo. Quiere que el bienestar deje de ser discurso y se convierta en una realidad que se sienta en cada hogar.
Otra lección que dejan estos años es clara: no existe proyecto político duradero sin raíces. Vivimos en una época dominada por la velocidad y la imagen, pero la política no se sostiene en la superficie. Las redes ayudan, pero no sustituyen la comunidad ni la organización, ni esa militancia que mantiene vivo el vínculo entre la dirigencia y la realidad del país. Las bases no son un adorno: son el sistema nervioso de un partido.
Ahí se define buena parte del futuro de cualquier organización. Un partido que solo busca a su gente para pedir votos termina empobreciéndose. En cambio, uno que la escucha y la integra construye pertenencia. Y la pertenencia, en tiempos de individualismo, es un activo político clave.
Pero no basta con mantenerse cerca. También hay que mirar hacia adelante.
La República Dominicana necesita seguir cambiando. Y cambiar ya no puede significar solo mejorar indicadores. Significa preparar al país para una nueva etapa. Implica asumir con seriedad la seguridad, enfrentar la migración ilegal y el narcotráfico con firmeza y entender que el empleo del futuro será cada vez más técnico, más vinculado al conocimiento, la innovación y la inteligencia artificial.
Por eso son importantes iniciativas como Centro Futuro. Expresan una visión de país que no se resigna a ofrecer empleos de baja calidad, sino que apuesta por abrir oportunidades reales para los jóvenes. La política deja de ser discurso cuando logra impactar la vida de una generación y demostrar, con hechos, que su futuro puede ser mejor.
También he llegado a una convicción más personal: los proyectos que valen la pena no se construyen desde la vanidad, sino desde la autenticidad. La gente distingue entre quien asume una responsabilidad como privilegio y quien la asume como deber. La autenticidad no es perfección; es coherencia, transparencia y vocación de servicio.
Y ahí surge una pregunta clave: ¿cómo sostener la continuidad del cambio sin caer en la complacencia La respuesta está en entender que la continuidad no es repetición, sino evolución. Es cuidar lo que ha sido correcto, corregir lo que ha fallado y avanzar hacia una etapa superior de institucionalidad y bienestar. Continuar no es quedarse; es avanzar sin desandar lo logrado.
Por eso el debate sobre el futuro no puede reducirse a nombres o cálculos apresurados. Debe centrarse en el tipo de liderazgo que el país necesita: firme, pero sensible; disciplinado, pero cercano; con visión de país, pero conectado con la realidad de la gente. Un liderazgo capaz de unir, escuchar y sostener una idea de progreso que llegue a la vida cotidiana.
Ocho años después, sigo creyendo que la política solo conserva dignidad cuando recuerda su sentido moral. Más importante que ocupar posiciones es merecerlas. Más importante que vencer es servir. Más importante que administrar el presente es preparar el futuro.
Si algo me ha enseñado este recorrido es que los partidos, como los pueblos, solo perduran cuando no olvidan su esencia. Cuando caminan con su gente, se atreven a corregir y no le temen a la verdad. Y cuando entienden que la confianza no se hereda ni se decreta: se construye y se honra todos los días.