Bad Bunny, sociedad y compliance
La conversación generada por la participación de Bad Bunny en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl no es realmente sobre música. Tampoco es sobre gustos. Es, en el fondo, una conversación sobre cultura, poder simbólico, ética, transparencia y toma de decisiones en escenarios de alta exposición pública.
Conviene empezar por una premisa básica: el arte, en sentido general, no existe únicamente para entretener; también existe para comunicar, cuestionar y representar identidades colectivas. A lo largo de la historia, la música, la literatura, el cine y la moda han servido como instrumentos de expresión social y política. El escenario del Super Bowl —uno de los espacios culturales más visibles del planeta— no es la excepción.
Por eso, a mi juicio, el dilema nunca ha sido Benito, sino la idea persistente de que la cultura puede medirse por gustos personales, como si lo culturalmente válido fuera solo aquello que se ajusta al gusto individual de cada espectador. La cultura, sin embargo, no funciona así. La cultura se define por lo que representa a colectivos, por lo que narra historias compartidas y por lo que refleja momentos históricos.
Y el espectáculo del Super Bowl no fue solo música. Fue una narrativa cultural cuidadosamente construida.
Para poner el contexto, el show aprovechó un momento político y social específico para transmitir un mensaje desde uno de los escenarios deportivos y culturales más influyentes del mundo. En términos internacionales, eso tiene un nombre claro: diplomacia cultural.
La diplomacia cultural ocurre cuando el arte y la identidad se convierten en vehículos de representación colectiva ante el mundo; aquella que no se diluye en discursos políticos vacíos y se manifiesta en símbolos, estética, idioma, ritmo o vestuario.
El respaldo de artistas globalmente reconocidos, la estética del espectáculo y la representación visual de la paz no fueron elementos accidentales. Tampoco lo fue la mención simbólica de los países del continente americano, recordándonos una idea simple pero poderosa: América no es solo Estados Unidos; América va desde Chile hasta Canadá.
Para entenderlo, basta mirar nuestra propia historia cultural. En la República Dominicana, el merengue fue en su momento rechazado por sectores sociales que lo consideraban música de baja categoría. La salsa también fue vista como vulgar en determinados espacios sociales, y la bachata —cuando surgió— era considerada lo peor de lo peor dentro del espectro musical dominicano.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. El merengue es patrimonio cultural, la bachata es reconocida mundialmente y la salsa forma parte del orgullo musical del Caribe. Lo que antes generaba rechazo, hoy genera identidad.
Ese cambio revela una verdad simple: la cultura evoluciona al mismo ritmo que evolucionan las sociedades.
En ese contexto, la frase “ahora todos quieren ser latinos” no debe interpretarse como arrogancia cultural, sino como un cambio histórico en la dinámica de influencia global. Durante décadas, lo aspiracional parecía venir exclusivamente desde fuera de nuestra región. Hoy el mundo reproduce ritmos, acentos, estética y códigos culturales latinos. No se trata de ser más exóticos que otros. Se trata de influencia.
Pero hay otro elemento igualmente importante en esta conversación: las marcas y la gestión del riesgo reputacional.
Al igual que la NFL, las empresas que patrocinaron el espectáculo de medio tiempo sabían perfectamente el mensaje cultural que se transmitiría. Sabían también —como parte de cualquier proceso serio de gestión de riesgos— que esa decisión generaría reacciones divididas. Para algunos sectores sería rechazado; para otros, sería profundamente valorado.
Eso no fue un accidente. Fue una decisión informada.
En la cultura de negocios transparente, la gestión del riesgo no consiste en evitar decisiones difíciles, sino en entender sus implicaciones y asumirlas con responsabilidad. Las marcas globales que respaldaron ese escenario sabían que un espectáculo de medio tiempo completamente en español, liderado por un artista latinoamericano y cargado de simbolismo cultural, se convertiría en el centro de la conversación pública. Y aun así decidieron hacerlo.
Eso es gobernanza, gestión de riesgo reputacional, pero, sobre todo. es estrategia.
Para millones de latinos alrededor del mundo no se trató de un espectáculo más. Fue una remembranza de sus orígenes, de sus raíces y de aquello que muchos dejaron atrás en la búsqueda de una vida mejor.
Desde la lógica empresarial, eso puede convertirse en un escenario de ganar-ganar: conversación global, conexión cultural y posicionamiento de marca. Sin embargo, hay una última dimensión de esta conversación que resulta imposible ignorar: la ruptura de una vieja hipocresía cultural.
Durante décadas, nuestras sociedades han vivido una doble moral frente al arte popular: se consume en privado aquello que se critica en público. Se condena culturalmente lo que socialmente se practica en silencio. Se rechaza en el discurso lo que se normaliza en la vida cotidiana. Esa contradicción histórica comienza a hacerse visible.
Artistas como Bad Bunny —y muchos otros antes que él— no solo producen música; también exponen esa tensión social. Representan, en cierta medida, una forma de resistencia cultural frente a la doble moral de quienes han sido críticos visibles, pero que también cargan con historias propias que rara vez se discuten públicamente.
En ese sentido, el espectáculo del Super Bowl no inventa nada nuevo. Más bien pone en escena, de manera abierta, dinámicas sociales que siempre han existido en silencio.
El fenómeno Bad Bunny, más allá de la música, nos recuerda algo esencial: la cultura también es un espacio de cumplimiento, de representación y de transparencia social.
Y cuando la cultura se vuelve visible, también se vuelven visibles nuestras contradicciones. Entender eso —nos guste o no el artista, el género o el espectáculo— es parte de la madurez cultural y empresarial de nuestro tiempo.

Su trayectoria incluye representación del país en diversas mesas técnicas nacionales e internacionales vinculadas a procesos de evaluación y estándares globales, así como participación en la redacción y revisión de leyes, reglamentos y normativas sectoriales en materia de prevención de lavado de activos, regulación bancaria y buenas prácticas de cumplimiento.