Crisis del orden internacional
Según el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, los Estados son seres vivos y al igual que los demás seres vivientes, nacen, crecen, se desarrollan, se expanden y con el tiempo pueden llegar a morir. Para evitar que esto ocurra, los países buscan enriquecerse adquiriendo materias primas o garantizando su fácil acceso a las mismas, lo cual les asegurará supervivencia a largo plazo.
El orden internacional que se creó después de la Segunda Guerra Mundial fue ideado por Estados Unidos de América (EUA), país que en ese momento emergió como nueva potencia mundial frente a una Europa que, devastada por dos guerras mundiales, no pudo seguir jugando un rol preponderante en el plano internacional. A partir de ese momento, el viejo continente dejó de ser el centro del mundo y EUA se convirtió en la gran potencia mundial que es al día de hoy.
Como creador de las normas que rigen las relaciones internacionales desde 1945, Washington respetó el derecho internacional siempre y cuando no limitara su capacidad de actuar como garante del orden global. Esto ocurre porque los Estados no son buenos ni malos, tampoco tienen amigos ni enemigos permanentes; solo persiguen intereses nacionales.
En la actualidad, se evidencia un cambio en la política exterior de Estados Unidos, donde se rompen los principios del orden internacional preestablecido de manera directa y sin medios términos. De hecho, los recientes sucesos en Caracas y las amenazas a la integridad territorial de Groenlandia son un ejemplo de ello. Donald Trump desea la anexión de la isla a toda costa, porque si esta en el futuro se acercara a Beijing o a Moscú representaría una amenaza a la seguridad nacional. Poco importa si su accionar lacera la confianza no solo de los aliados europeos, sino de toda la comunidad internacional.
A este respecto, las causas profundas de las acciones de Washington se fundamentan en que aquel orden mundial, basado en reglas creadas para mantener a Estados Unidos como primera potencia, no está funcionando del todo debido al surgimiento de otro país rival que representa el mayor desafío estratégico a su hegemonía desde la Segunda Guerra Mundial. Se trata de la República Popular China (RPC), la cual ha declarado en varias ocasiones que no busca reemplazar el poderío estadounidense, pero de alguna manera se muestra como un actor capaz de reducir la dependencia del mundo respecto a EUA.
En este sentido, la nueva Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos se enfoca en defender su influencia en el hemisferio occidental, reviviendo la Doctrina Monroe esta vez con el corolario Trump. Al parecer, el hecho de que el gigante asiático se haya convertido en uno de los socios comerciales más importantes no solo de América Latina, sino del mundo, preocupa a la Casa Blanca.
En ese contexto, la humanidad está atravesando una época de reconfiguración global caracterizada por el ascenso de una potencia que amenaza con desplazar el dominio de otra. En geopolítica existe el concepto denominado “Trampa de Tucídides”, según el cual es muy difícil en estos casos evitar un enfrentamiento bélico directo, dado que la historia enseña que el imperio dominante prefiere hacer uso de la fuerza para tratar de evitar que el ascenso del otro llegue a superarlo. En la actualidad, sin embargo, un conflicto bélico a gran escala entre estos dos actores significaría la destrucción mutua; por lo tanto, al momento se descarta.
Finalmente, no obstante las formas de Donald Trump, en el fondo lo que se está llevando a cabo es una pugna abierta por el nuevo orden mundial y su liderazgo, donde Estados Unidos está decidido a no quedar fuera y a contener el ascenso de China, aunque esto signifique hacer uso de la fuerza destruyendo reglas preexistentes de su propia autoría y alianzas tradicionales.

