Cuando el dolor no destruye, sino que acerca a Dios

Hay tragedias que rompen familias y hay tragedias que también rompen la fe.

El caso Jet Set no solo dejó titulares, debates legales y opiniones en redes sociales. Dejó algo mucho más profundo: dejó heridas humanas. Y las heridas humanas no salen en los expedientes ni en los tribunales; salen en las madrugadas sin dormir, en la silla vacía de
la mesa, en el silencio de una casa que antes estaba llena.

En medio de todo eso, han llamado la atención las publicaciones de doña Melba Grullón. No porque expliquen el proceso judicial y no porque busquen culpables. Sino porque han mostrado algo que hoy parece escaso: una fe vivida en el dolor.

Sus palabras no han sido de rabia. Han sido de entrega y eso desconcierta. Porque lo normal sería odiar, lo humano sería endurecerse.

Lo comprensible sería vivir preguntándole a Dios: “¿Por qué?” Pero hay cristianos que, cuando el mundo espera gritos, responden con oración.

La fe verdadera no se prueba cuando todo va bien. La fe verdadera se revela cuando la vida no tiene explicación. Ahí es donde uno descubre que creer en Dios no es repetir frases, ni subir versículos a redes sociales, ni decir “todo está bien”. Creer en Dios es
sostenerse cuando todo está mal.

El sufrimiento tiene dos caminos: o te aleja de Dios o te lanza a sus brazos.

Y en cada una de sus publicaciones se percibe eso: no la negación del dolor, sino su entrega. No la ausencia de lágrimas, sino la decisión de no dejar que el dolor se
convierta en odio.

Porque hay algo que el mundo no entiende: el cristiano no perdona porque el otro lo merezca; perdona porque él también ha sido perdonado por Dios.

Hoy vivimos en una sociedad que exige justicia inmediata, opinión y condena inmediatas. Las redes sociales se han convertido en tribunales, donde cada uno dicta sentencia desde un celular. Pero el corazón humano no sana con condenas públicas.

El corazón humano sana cuando encuentra paz y la paz no la da una sentencia, la paz no la da una explicación la paz la da Dios.

Por eso impresiona ver a una madre o a una familia herida hablar de fe. Porque la fe que no atraviesa el dolor es solo teoría. Pero la fe que atraviesa la cruz… esa transforma.

El cristianismo no promete que no sufriremos, promete que no sufriremos solos.

Cristo no vino a explicar el dolor; vino a acompañarlo. Por eso la cruz no es un símbolo decorativo: es la prueba de que Dios también lloró y a veces creemos que se aleja cuando sufrimos. La realidad es otra: es cuando más cerca está.

Quizás el caso Jet Set, más allá de las responsabilidades que deberán establecer los tribunales, nos deja una enseñanza que no es jurídica, sino espiritual: el dolor puede destruir un corazón, pero también puede purificarlo.

Hay personas que, después de una tragedia, pierden la fe y otras la descubren por primera vez. Porque al final, cuando todo se cae el dinero, las certezas, los planes, las seguridades solo queda Dios.

Quien logra sostenerse en Él, no significa que no esté herido; significa que no está perdido. En un país donde solemos responder con ira, ver responder con fe nos obliga a detenernos y preguntarnos algo que casi nunca hacemos:

¿A dónde voy cuando me duele la vida?

Quizás por eso estas palabras no hablan solo de un caso. Nos hablan a todos.

Porque todos, tarde o temprano, tendremos nuestro propio “Jet Set”: ese momento inesperado en que la vida cambia sin permiso y ese día no nos sostendrá una opinión, ni un argumento, ni una red social. Nos sostendrá aquello en lo que verdaderamente
creemos.

Al final, la fe no evita las lágrimas, pero sí evita la desesperanza. hay un consuelo silencioso en todo esto.

Dios no siempre explica, pero siempre acompaña.