Vivimos en la era de las microcelebridades. En este tiempo, la atención se fragmenta, la reputación se mide en seguidores y la visibilidad suele confundirse con valor. Eso ocurre porque la lógica digital premia lo inmediato, lo escandaloso, lo viral. 

Por fortuna, mientras eso pasa y el ruido ocupa titulares -por fortuna- efímeros, existen trayectorias silenciosas que sostienen la arquitectura moral de la sociedad.

Una muestra de ello acaba de ocurrir en el “Premio a la trayectoria” otorgado por el Consejo Superior del Ministerio Público de la República Dominicana. Cuando mucha gente tiene como norte convertirse en microcelebridad, resulta profundamente significativo que una institución cuya misión es “garantizar el Estado de Derecho y el acceso a la justicia mediante la persecución penal efectiva y oportuna”, con el foco puesto en “la armonía social y la seguridad ciudadana”, decida reconocer el mérito auténtico. 

Es extraordinariamente positivo que se haya dejado de lado lo espectacular, que la esencia sea el mérito construido a pulso, bajo condiciones precarias, en jornadas extendidas y en momentos de alta tensión.

Con este premio, el Ministerio Público exalta a fiscales cuya trayectoria deja muy “fea para la foto y mal puesta para el video” a la superficialidad que tanto abunda. No se trata de figuras mediáticas. Se trata de servidores públicos que han hecho del rigor, la objetividad y la honestidad su marca personal.

Cada persona reconocida merece muchas cuartillas para dar a conocer su obra. Pero -como ahora no se suele leer mucho- con citar una muestra tenemos bastante y hasta para donar. La magistrada Gisela Cueto, con 52 años en la función pública, es dueña de una historia que combina la idea de servicio convocación y disciplina. 

Esa dama inició como secretaria, luego abrazó el magisterio y ascendió hasta ocupar posiciones estratégicas en extradición y delitos electorales. Ella habló en representación del grupo homenajeado. Su discurso fue una radiografía del oficio: estrés permanente, sacrificios familiares, riesgos personales. Pero también integridad inquebrantable. “Nadie pudo retorcer mi brazo”, afirmó. En una época donde tantas voluntades se negocian, esa frase resume su peso moral.

Su estela no es un caso aislado. Cada una de las diez trayectorias reconocidas evidencian que el mérito verdadero no surge del atajo, sino de la constancia. Son biografías que encarnan lo que Karl Popper llamaría el deber del optimismo: creer que el futuro está abierto y que nuestras acciones pueden mejorarlo.

El homenaje celebrado en el Teatro Nacional no fue un acto protocolar más. Allí se lanzó el Himno del Ministerio Público y se rindió tributo a fiscales fallecidos. Memoria e identidad institucional se entrelazaron. En tiempos líquidos —como advertía Bauman— recordar es un acto de resistencia. Honrar a quienes sirvieron es reafirmar que la institucionalidad tiene rostro y tiene historia.

La labor de Rita Durán Imbert en la lucha contra la violencia de género, Somnia Vargas en defensa del medio ambiente, o Jesús María Fernández Vélez en la protección de niños, niñas y adolescentes, demuestra que su función no es abstracta. Tiene impacto social concreto. Construye cohesión. Defiende dignidad. En términos de Amartya Sen, amplía capacidades reales para vivir sin miedo.

En la era de las microcelebridades, estos reconocimientos cumplen una función pedagógica, una enseñanza para toda la sociedad. Nos recuerdan que el verdadero prestigio no nace de la exposición, sino de la coherencia. Que la reputación sólida se construye en silencio. Que el servicio público, cuando se ejerce con pasión, independencia y profesionalismo, es una forma elevada de ciudadanía.

Celebrar el mérito en el Ministerio Público no es un gesto simbólico menor. Es afirmar que todavía creemos en el Estado de Derecho como proyecto colectivo. Es apostar —como sugería Popper— por un optimismo activo, no ingenuo. Y sobre todo es reconocer que el futuro depende de personas capaces de resistir presiones y actuar con rectitud.

En tiempos donde lo efímero compite con lo esencial, exaltar trayectorias como las de estos fiscales es un acto de civilización. Porque mientras el ruido pasa, la integridad permanece.