El mandatario ante la historia: traspasar el mando (OPINION)
Allí, detenido y en absoluto mutismo, lo invade la incertidumbre, pues el reloj, en su marcha inexorable, le trae a la memoria el día en que habrá de descender las escalinatas de la mansión principal. Ante ello, medita sobre quién habrá de sustituirlo: debe dejar a alguien que le garantice tranquilidad y le permita conservar una cuota importante de poder.
Delibera y evalúa a sus compañeros de partido; no obstante, en ellos no advierte sustancia. Son proyectos fragmentados, cargados de agendas individuales, cuya eventual preeminencia significaría la proliferación de problemas, tanto internos como externos. Aun así, continúa cavilando y acude a su memoria la figura de un hombre cuya suerte parece ser edificada por fuerzas exógenas a nuestra comprensión. A pesar de que sus más acérrimos adversarios han intentado destruirlo, permanece en pie, dotado de condiciones excepcionales y, además, en su momento fue ese mismo hombre quien le allanó el camino al propio mandatario para que pudiera ascender a la jefatura nacional.
El hombre del cual hablamos, tal como sostenía el gran filósofo alemán Hegel, parece ser impulsado por la historia, entendida esta como una entidad racional que guía el curso de los acontecimientos. Resultó triunfante en su primer intento por ocupar la silla que porta el escudo nacional, aun cuando la coyuntura le era absolutamente adversa. Y, treinta años después, cuando contra él se han empleado tanto el sable como la bayoneta, ha resurgido en grado superlativo, como si esa misma historia, obrando con su lógica racional, lo hubiese situado nuevamente a la altura de las circunstancias para conducirlo al triunfo.
Está, pues, el mandatario ante la historia, que coloca ante sus ojos la figura indicada para el traspaso del mando. La contempla a lo lejos del panorama, todavía envuelta en la niebla del porvenir; le corresponderá a él discernir y colocar el timón de la República en las manos correctas.
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