
La disrupción no es la excepción en el turismo caribeño. Es la condición normal de operación. El cambio climático es la amenaza que lo confirma de manera definitiva.
Durante 21 años liderando la sostenibilidad de Grupo Puntacana, aprendí una lección que compartí recientemente en la Conferencia de Planificación de la Universidad de Florida ante urbanistas y académicos de toda la región: el ecosistema no es el trasfondo del negocio. Es la base sobre la que el negocio depende.
Llegué a esa conclusión a la fuerza.
Veinte años de crisis
La República Dominicana es un pequeño estado insular en desarrollo que recibe cerca de 12 millones de visitantes al año. El turismo no es un sector más, es el motor económico del país. Durante dos décadas, ese motor ha sido sacudido repetidamente.
En 2001, los ataques del 11 de septiembre paralizaron el tráfico aéreo internacional de un día para otro. En 2004, el huracán Jeanne inundó gran parte del país y obligó a cerrar casi todos los hoteles, incluyendo el nuestro, por casi un año. En 2008, la crisis financiera global redujo drásticamente el gasto internacional.
El turismo fue de los primeros en resentirlo. En 2011, comenzaron las masivas llegadas de sargazo a las costas del Caribe, una realidad que no ha cesado. En 2018, una campaña mediática negativa golpeó la imagen del turismo dominicano. En 2020, la pandemia del COVID-19 lo detuvo todo. Y en 2022, el huracán Fiona volvió a azotarnos.
El cambio climático como multiplicador de amenazas
Sobre ese historial de crisis se sobrepone ahora el cambio climático, no como una amenaza futura, sino como una realidad presente que ya está complicando el panorama. Los patrones climáticos son más impredecibles. Los eventos de tormenta en la región son más frecuentes e intensos.
El sargazo, que ha transformado negativamente nuestras costas, está ligado según el consenso científico al calentamiento de los océanos, cambios en las corrientes y mayor disponibilidad de nutrientes, todas consecuencias directas o indirectas del cambio climático. Más allá de los eventos dramáticos, enfrentamos una degradación ecosistémica más silenciosa pero igual de destructiva: blanqueamiento de corales, erosión costera, pérdida de biodiversidad.
Frente a todo esto, la pregunta obligada es: ¿cuál es nuestra mejor defensa?
La naturaleza como infraestructura
Nuestra respuesta en Grupo Puntacana a través de nuestra Fundación Puntacana ha sido clara: proteger, restaurar y fortalecer nuestros ecosistemas naturales. No como gesto simbólico, sino como estrategia de resiliencia.
Hemos liderado esfuerzos de largo plazo para proteger y restaurar nuestros arrecifes de coral. No únicamente porque sea bonito tener arrecifes saludables (si lo es, especialmente para el turista), sino porque un arrecife saludable es nuestra principal infraestructura de protección costera; amortigüa el oleaje, reduce la erosión. En términos de ingeniería, es nuestro rompeolas.
Hemos establecido una reserva ecológica privada para proteger la infraestructura construida del complejo. La cobertura boscosa frena el viento, estabiliza el suelo y modera la temperatura local, servicios que ninguna estructura construida puede replicar plenamente. Además, nuestra Reserva Ecológica Ojos Indígenas es un atractivo inigualable.
Hemos desarrollado estrategias innovadoras para gestionar el sargazo, desde sistemas de desvió hasta enfoques experimentales de recolección y valorización, convirtiendo una crisis climática en motor de innovación operativa.
Tres lecciones para el sector empresarial
Lo que hemos aprendido en Grupo Puntacana a través de nuestra Fundación Puntacana tiene implicaciones que van mucho más allá del turismo. Son lecciones para cualquier empresa que opere en un entorno natural que, en el fondo, es cualquier empresa.
- No hay empresa exitosa si el ecosistema local colapsa. Esta no es una afirmación ambiental. Es una afirmación de continuidad de negocio. El caso económico para proteger el ecosistema no necesita argumentos morales. Necesita que los empresarios entiendan que su balance depende de ello.
- La inversión en la naturaleza es una inversión en la resiliencia. Cada peso invertido en proteger hábitats y restaurar ecosistemas es un peso invertido en la supervivencia a largo plazo de la empresa. No en relaciones públicas. No en imagen. En infraestructura real. La naturaleza presta servicios: atenuación de olas, captura de carbono, filtración de agua, estabilización de suelos. De otro modo, tendríamos que pagar por ellos o sufrir su ausencia.
- La adaptación climática bien ejecutada genera innovación. La presión de responder al sargazo nos obligó a experimentar con tecnologías y enfoques que jamás hubiéramos explorado de otra forma. La presión de construir resiliencia nos llevó a alianzas con científicos, diseñadores y comunidades locales. Nos hizo más ágiles, más creativos y competitivos.
El futuro le pertenece a los que se adaptan. Las empresas y comunidades que traten el cambio climático como motor de innovación, en lugar de verlo únicamente como un costo o una amenaza, serán las que superen a sus competidores. Adaptarse requiere utilizar la creatividad bajo presión. Y eso, el empresariado dominicano ya ha demostrado que sabe hacerlo.
Jake Kheel es Vicepresidente de Sostenibilidad del Grupo Puntacana y la Fundación Puntacana, autor del libro Waking the Sleeping Giant y cineasta documental. Su columna, Despertando al Gigante Dormido, explora cómo los desafíos ambientales son oportunidades de negocio.
