Justicia restaurativa y su impacto en la educación

Hay clases en las que el aula deja de ser un lugar de explicaciones y se convierte, por una hora, en un ensayo de país. Eso sentí en la clase 31 de Constitución Viva para Todos y Todas, impartida en el Centro Educativo República de Argentina. El tema de la jornada no fue menor: justicia restaurativa y resolución pacífica de conflictos. La secuencia pedagógica estaba cuidadosamente construida: lectura común del artículo 8 sobre la función esencial del Estado, del artículo 42 sobre el derecho a la integridad personal y del artículo 56 sobre la protección de las personas menores de edad; reflexión a partir de la película Preciosa; y una dinámica grupal de enorme fuerza simbólica titulada Manos que protegen.  

Me interesa detenerme en esa arquitectura, porque allí había mucho más que una clase bien organizada. Había una idea de República. Durante demasiado tiempo, nuestras sociedades han entendido el conflicto casi exclusivamente desde la sanción, el castigo o la confrontación, como si toda herida social pudiera resolverse únicamente mediante la imposición de una respuesta vertical. Pero la justicia restaurativa introduce una exigencia más profunda: no preguntarse solo quién falló y cómo se castiga, sino también qué vínculo se rompió, cómo se repara, qué debe aprender la comunidad y qué condiciones deben cambiar para que la violencia no vuelva a repetirse. Esa mirada no debilita la justicia; la humaniza. No borra la responsabilidad; la hace más completa.

Por eso resultó tan potente que el aula entrara en esa conversación desde la Constitución. El artículo 8 recuerda que la función esencial del Estado es la protección efectiva de los derechos de la persona, el respeto de su dignidad y los medios que le permitan perfeccionarse en igualdad, equidad y justicia social; el artículo 42 protege la integridad personal; y el artículo 56 coloca a los menores de edad bajo una tutela reforzada. Leídos juntos, esos textos dibujan una obligación moral y jurídica que ninguna sociedad decente debería olvidar: el conflicto no puede administrarse a costa de la dignidad humana, y la niñez y la adolescencia no pueden quedar solas frente al abuso, la humillación o la violencia.

Lo admirable fue ver cómo esa reflexión no quedó en la abstracción. Una película como Preciosa, cuando se utiliza con seriedad pedagógica, no funciona como un simple recurso emocional: funciona como una puerta. Obliga a mirar donde a veces preferimos no mirar. Obliga a reconocer que muchas violencias empiezan en lo doméstico, en lo íntimo, en lo callado, en lo que una comunidad ve y no nombra, oye y no detiene, sospecha y no acompaña. Y ahí es donde la justicia restaurativa adquiere una densidad mayor, porque deja de ser una fórmula de expertos y se convierte en una pregunta urgente para la escuela, para la familia, para el barrio y para el Estado: ¿cómo protegemos sin llegar tarde?, ¿cómo corregimos sin humillar?, ¿cómo restauramos sin encubrir?, ¿cómo hacemos de la paz algo más serio que una consigna?

La dinámica Manos que protegen tenía, en ese sentido, una fuerza extraordinaria. El nombre mismo contenía una tesis. Frente a una cultura que demasiadas veces ha naturalizado el grito, el golpe, la burla, la exclusión o la indiferencia, aquella actividad proponía otra imagen del poder. No manos que empujan, sino manos que sostienen. No manos que castigan por costumbre, sino manos que cuidan con responsabilidad. No manos que agravan el miedo, sino manos que ayudan a volver a la dignidad. En un país donde tantas veces discutimos la violencia cuando ya dejó daño visible, enseñar a los jóvenes a identificar las manos que protegen equivale, en el fondo, a enseñarles qué tipo de autoridad merece ser respetada y qué tipo de convivencia merece ser defendida.

Y eso fue, quizás, lo más valioso de la clase: su capacidad de formar criterio sin caer en simplismos. Porque la resolución pacífica de conflictos no consiste en negar la gravedad de los hechos ni en disfrazar la injusticia de armonía superficial. Consiste, más bien, en enseñar que la fuerza bruta no es el único lenguaje posible entre seres humanos; que la reparación importa; que la palabra puede prevenir; que la escucha puede interrumpir cadenas de daño; y que una comunidad madura no espera siempre la explosión para empezar a actuar. Esa es una lección mayor. Una lección de escuela, sí, pero también de democracia.

Me impresionó, además, la manera en que este tema obliga a repensar la función de la educación. Hay quienes todavía creen que la escuela está llamada únicamente a transmitir contenidos, a preparar exámenes o a administrar horarios. Yo creo que la escuela, cuando está a la altura de su misión, hace algo mucho más serio: forma sensibilidad republicana. Enseña a distinguir entre autoridad y abuso, entre corrección y humillación, entre justicia y venganza, entre silencio y complicidad. Enseña, también, que proteger a niños, niñas y adolescentes no es un gesto accesorio de buena voluntad, sino una medida concreta del grado de civilización de una sociedad.

Por eso esta clase 31 no fue una sesión más dentro de un programa. Fue una declaración pedagógica. Dijo que el Estado no se justifica solo por existir, sino por proteger. Dijo que la integridad personal no es un lujo, sino un límite infranqueable. Dijo que la niñez y la adolescencia merecen un resguardo reforzado, no un discurso ocasional. Y dijo, sobre todo, que la paz no se decreta: se enseña, se practica, se modela y se defiende.

Al salir de aquella jornada pensé que, a veces, un país entero se resume en una imagen. En este caso, la imagen de unas manos. Porque una nación también se define por las manos que forma: manos que golpean o manos que cuidan; manos que castigan sin medida o manos que reparan; manos que empujan al abismo o manos que ayudan a salir de él. Tal vez la gran tarea de la escuela pública, en este tiempo, sea precisamente esa: ayudar a que nuestros jóvenes reconozcan cuáles son las manos que destruyen y cuáles son las manos que protegen. Y quizá la gran tarea de la República sea estar, por fin, a la altura de esas segundas.

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.

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