
De un tiempo a esta parte, la ciudad parece distinta. No porque haya cambiado su ritmo —siempre apurado, siempre impaciente—, sino por lo que ya no se ve. En esquinas donde antes se repetía la escena de madres haitianas con niños en brazos, extendiendo la mano entre el tránsito y la indiferencia, hoy queda un vacío que llama la atención. No es un silencio cualquiera: es un cambio.
Ese giro no es casual. Responde, en buena medida, a una política pública ejecutada con determinación por la Dirección General de Migración, enfocada en regular la presencia de extranjeros en el país. El resultado es visible, tangible, casi inmediato. Y eso, en un entorno donde las decisiones estatales suelen diluirse entre promesas y anuncios, tiene un peso particular.
Pero el hecho no puede leerse de forma lineal. Detrás de esa ausencia hay historias que no desaparecen con la misma facilidad con que se despejan las aceras. Haití sigue siendo un país atravesado por una crisis profunda, donde la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades empujan a miles a buscar salida más allá de sus fronteras. Ese drama humano no se disuelve por decreto ni se borra con operativos.
Reconocer esa dimensión no invalida otra: la capacidad del Estado dominicano de ejecutar políticas que producen efectos concretos. En este caso, el control migratorio ha transformado una imagen cotidiana que durante años formó parte del paisaje urbano.
